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viernes, 11 de noviembre de 2016

Los Cátaros

Vista general de Beziers
Es en el siglo III cuando, por primera vez en la historia cristiana, se identifica a una secta cristiana con la denominación de "cataros": se trataría de los novacianos.

Sin embargo, la palabra cataros, del griego "Katharoi" o puros, no iba a volver a hacer referencia a otros cristianos, hasta pasados más de nueve siglos, cuando en el 1163, en Renania, el monje Eckbert von Schönau, lleva a cabo una serie de homilías y citas donde hace referencia a los herejes que por entonces hay en Colonia, de una manera despectiva, utilizando para ello la palabra "cátaros", fruto de un juego de palabras que, en alemán, tendría el significado de "los adoradores de los gatos".

La intención de dicho sobrenombre o apodo, se fundamentaba en los rumores que corrían sobre los cátaros, donde se les acusaba de llevar a la práctica obscenos rituales con gatos. Este apodo tomó fuerza y fue el que popularmente fue utilizado para identificar a esta secta cristiana, quienes a si mismos se hacían llamar como "buenos cristianos" o "els bons homes" (los hombres buenos).

Dentro de la jerarquía cátara, existían tres categorías o grados de iniciación:

- Simpatizantes:
Eran todas aquellas personas que únicamente practicaban el "perfeccionismo". Este rito consistía en realizar tres reverencias y una genuflexión al paso de un Perfecto. Se realizaba con la intención de obtener la bendición del Perfecto y recibía también el nombre de "Melhorament".

- Creyentes:
Cuando los simpatizantes se integraban con mayor fuerza en la comunidad cátara, recibían una pequeña iniciación por parte de los Perfectos. En dicha iniciación de corte esotérico, les eran revelados determinados conocimientos, viéndose obligados a practicar la humildad, a no mentir ni jurar, así como demostrar amor por el prójimo. Periódicamente se sometían a una especie de confesión pública y penitencial, denominada "Aparelhament".

- Los Perfectos y Perfectas :
Entre los cátaros, la mujer disfrutaba del mismo nivel de consideración que el hombre, y el grado de perfecto o perfecta se correspondía con el del obispo católico. El nombre de perfecto o perfecta, no indicaba un adjetivo de superioridad o calificación jactanciosa; todo lo contrario, indicaba una idea de perfección, accesible únicamente mediante una dura iniciación. Los Perfectos y Perfectas, eran los encargados de predicar la doctrina cátara, así como atender a los moribundos, a quienes antes de morir les era administrado el único sacramento cátaro: el "Consolamentum", un sacramento que era el equivalente al Bautismo. El Consolamentum era realizado a través de la imposición de manos, y cuyo objeto era limpiar al moribundo de todo pecado, a fin de alcanzar la salvación. También era posible recibir dicho sacramento sin que el individuo estuviera en peligro de muerte; en este caso, el Consolamentum era otorgado previo acuerdo con el creyente y recibía el nombre de "Convenenza". El creyente que había recibido el Consolamentum antes de morir quedaba libre de pecado y, con ello, evitaba tener que volver a reencarnarse. El creyente que era iniciado para ser Perfecto, antes de poder acceder a dicho estatus, debía recibir el Consolamentum de un Perfecto. Los Perfectos eran reconocidos por sus túnicas de color negro o azul marino, las cuales eran sujetadas a la cintura con una soga.

Entre las particularidades más destacadas de los cátaros, están las referentes a su alimentación. No comían carne de animales de sangre caliente, puesto que creían que en una próxima reencarnación podrían reencarnarse en uno de ellos, a excepción de los peces, que sí estaba permitido su consumo por considerarse animal de sangre fría. Esto propiciaba a que la alimentación principal de los cátaros fuese vegetariana.

Los cátaros practicaban el ayuno y rechazaban el acto sexual con fines de procreación, a fin de no traer nuevas almas al mundo, ya que creían que permanecerían prisioneras dentro de un cuerpo físico y material. En cambio, en su desprecio hacia el cuerpo físico y la carne del cuerpo, aceptaban las relaciones sexuales libres, así como la homosexualidad, ya que pensaban que el espíritu también participaba del disfrute del cuerpo. Como excepción a dicha practica sexual se encontrarían los llamados Perfectos, quienes hacían voto de castidad.

Sentían desprecio hacia la Iglesia Católica así como a sus sacramentos, refiriéndose a la misma como "una cueva de ladrones", debido a las actuaciones y abusos llevados a cabo por los obispos y clérigos de la Edad Media. Rechazaban el culto a la cruz, ya que consideraban que representaba un instrumento de suplicio y no un símbolo de salvación. Aceptaban el suicidio como una forma de liberación del espíritu, por lo que no lo consideraban pecado. A tal efecto, en los momentos más difíciles y adversos, podía llevarse a cabo una práctica suicida, conocida como la "Endura", donde los cátaros morirían por ayuno total voluntario.

LA HEREJÍA CÁTARA
Durante la Edad Media, en el periodo que comprende desde mediados del siglo XII, hasta principios del XIV, y en las zonas del sur de Francia, iba a producirse el resurgir de una nueva herejía que marcaría un antes y un después en la historia cristiana. Se trataría de la herejía cátara o albigense.

Cuando se hace referencia a la palabra herejía, nos estamos refiriendo a una doctrina u opinión religiosa que la Iglesia considera en contraposición a la doctrina Católica. Algunos teólogos van más lejos: y añaden que la herejía es contraria a la verdad revelada por Dios y propugnada por la iglesia.

En el caso de la llamada "herejía cátara" o albigense (en referencia a la ciudad de Albí, Francia), se hace referencia a una doctrina cristiana dualista, es decir, a la concepción que los cristianos de corte gnóstico tenían sobre la naturaleza de las cosas. En tal sentido, y tal como ocurriese con la doctrina maniquea, la deidad era representada mediante dos realidades separadas: el Dios bueno; un Ser Supremo Espiritual Trascendental e Indefinible, y en el otro extremo se encontraría al Príncipe del mundo material o Satán. Según dicha concepción, todo lo que existiese en el mundo sería obra de Satán o el dios del mal, y por tanto, el Dios bueno no tenía responsabilidad sobre los actos cometidos.

De acuerdo a dicha doctrina gnóstica o dualista, los cátaros, tal como ya ocurriera con los maniqueos, no verían a la figura de Jesús como al Dios hecho hombre que propugnaba la Iglesia Católica, sino que ven en Jesús a un ser hipostático (de naturaleza divina y humana). Una criatura de Dios que, lejos de encarnarse físicamente, se presentaría como una alucinación. Motivo que justificaría el que, según dicha creencia, Jesús no llegase a padecer ni a ser crucificado. Esto supondría que los cátaros viesen a Jesús no como un Dios a quien adorar, sino como un maestro espiritual, cuyas enseñanzas serían el camino que ayudarían al hombre a apartarse del apego hacia lo mundano y por tanto, el camino hacia la liberación del espíritu. Este concepto es el que marcaría que los cátaros no viesen a Jesús crucificado como símbolo del cristianismo.

Esta situación provocaría que los cátaros creyesen que el espíritu del hombre se encontraba prisionero del cuerpo material, por lo que, para conseguir la liberación del espíritu, practicarían un estricto ascetismo que les libraría del ciclo de las reencarnaciones.
Anteriormente a la herejía cátara, en el sur de Francia y norte de Italia, durante más de un siglo, había arraigado la herejía bogomila, cuya doctrina no se diferenciaba en demasía de la cátara. Sin embargo, no sería hasta el mes de mayo de 1167 en que se llevaría a cabo el primer concilio cátaro, celebrado en el castillo de Saint Félix de Caraman.

En dicho concilio serían ordenados seis nuevos obispos cátaros o Perfectos, impartiéndose el Consolamentum a una gran multitud de gentes que asistieron provinentes del Languedoc. Es a partir de ese momento que el catarismo ya se encuentra organizado como una Iglesia, constituyéndose comisiones que iban a delimitar los territorios de las diócesis correspondientes a Agen, Albí, Carcassonne y Toulouse.

Sin embargo, años atrás, la Iglesia de Roma ya fue consciente del peligro que para ella representaba el continuo avance que la nueva herejía estaba obteniendo en el Languedoc. Propiciado sobre todo por las propias actuaciones de los clérigos católicos, quienes ofrecían una imagen de abundancia y opulencia, a la vez que predicaban un mensaje de austeridad que ellos incumplían. Por si esto fuera poco, los obispos católicos amenazaban constantemente al pueblo con condenas en el infierno por las faltas más insignificantes; mientras que los Perfectos cátaros mostraban una actitud más optimista, tolerante y condescendiente, a la vez que difundían un mensaje de amor, en la tolerancia y la libertad. Los perfectos cátaros actuaban con total humildad, despreciando lo material y mundano, llegando a rechazar el diezmo impuesto por la Iglesia Católica a los nobles y fieles, otro punto a su favor que las gentes supieron valorar, ya que la Iglesia Católica imponía el pago del diezmo como un deber inexcusable.

A pesar de las persecuciones y castigos sufridos por los herejes cátaros durante ese tiempo, en el que incluso se llegó a ejecutar a varios herejes siendo quemados vivos en la hoguera, la doctrina cátara continuaba en auge. Tanto es así, que la Iglesia de Roma decide enviar a sus mejores oradores a la zona del Languedoc, con el fin de contrarrestar el éxito que estaban obteniendo los Perfectos cátaros. A tal efecto, el Papa Eugenio III, envía a un legado papal y al propio Bernardo de Claraval, quien ante las actuaciones de los perfectos cátaros indica que "la fe es cosa de persuasión y por lo tanto no debe imponerse". Convencido de la correcta actitud de "els bons homes", Bernardo de Clavaral, escribe un informe al Papa donde le confirma: "Nada reprensible se encuentra en su modo de vivir".

Años más tarde, en 1178, en vista de que el catarismo continúa en auge, la Iglesia de Roma, decide dar un escarmiento ejemplar. Así, envía a un legado papal a Toulouse, afín de conseguir una lista de los principales personajes cátaros de la ciudad. A la cabeza de dicha lista aparece el nombre de Peyre Maduran, un notable con gran poder económico, quien además es considerado como el mayor representante de los creyentes cátaros. El legado papal da la orden de apresar a Peyre y es encerrado en los calabozos. Después es obligado a salir descalzo y desnudo de cintura para arriba, mientras es azotado a latigazos durante todo el recorrido que va desde la prisión hasta el atrio de la iglesia de Saint-Sernin. A continuación le confiscan todos sus bienes y es condenado a mendigar durante tres años por Tierra Santa, con el convencimiento de que ante tan dura penitencia, además de su avanzada edad, ya no le sería posible regresar.

Por suerte para Peyre Maduran, los augurios del legado papal no se cumplieron y, de forma casi milagrosa, consigue regresar a Toulouse, después de haber permanecido durante los tres años impuestos en Tierra Santa. Siendo recibido triunfalmente en Toulouse por sus conciudadanos.

Tras los acontecimientos de Toulouse, la Iglesia de Roma, está decidida más que nunca, a acabar con la herejía cátara a cualquier precio. Es así como, en el Concilio de Letrán III, celebrado en el 1179, el Papa Alejandro III, hace una declaración indicando el modo en como habrá que combatir a los cátaros:

"Tomando las armas contra ellos, que sus bienes sean confiscados y se permita a los príncipes reducirles a la esclavitud... A los que luchen para expulsarlos, les perdonamos dos años de penitencia..."

Ahora ya no necesitaba excusas, partir de entonces, la Iglesia Católica actuaría con total dureza y crueldad contra los herejes cátaros.