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sábado, 5 de noviembre de 2016

LOS PRIMEROS CRISTIANOS



ORIGEN DEL CRISTIANISMO

Cuando hablamos de cristianismo, damos por sentado que nos estamos refiriendo a la religión cuya doctrina deviene de las enseñanzas de Jesús el Cristo, pero… ¿eso fue así…?

Si hacemos un repaso en la Historia del cristianismo veremos que los primeros cristianos o seguidores de Jesús, mantenían grandes diferencias en sus respectivas doctrinas religiosas, pero sobre todo, las diferencias resultan mayores si las comparamos con las religiones cristianas actuales.

Pero… ¿cómo surgió la definición de cristiano?

La historia del cristianismo primitivo surge a partir de la crucifixión de Jesús, en el año 33 de la era cristiana (aunque Jesús fue crucificado posiblemente entre los 39 y los 40 años de edad).

Recordemos que Yeshúa - Jesús de Nazaret -, (cuyo gentilicio es interpretado erróneamente como natural de la ciudad de Nazaret, cuando en realidad dicha población no existía como tal sino hasta varios años después, ya que a Jesús se le conocía como Yeshúa HaNotzri (nazareno) - Jesús el Nazareno o Nazarita -, en clara referencia a su pertenencia a la secta judía de los nazareos o nazaritas, quienes entre otros votos, tenían el de dejarse el cabello largo, así como la barba), fue condenado por el procurador romano Poncio Pilatos a morir en la cruz, acusado de proclamarse "rey de los judíos", ya que dicha proclamación por parte de Jesús, significaba un claro enfrentamiento al poder del Imperio romano, quien por entonces ocupaba Israel controlando la zona, así como imponiendo al gobernante de turno, por lo que tal atrevimiento por parte de Jesús, debía ser castigado con la pena de muerte.

Por tal motivo, los seguidores de Jesús más cercanos tuvieron que reorganizarse y muchos de ellos huir de Palestina. Tal fue el caso de Myriam de Magdala - María Magdalena - quien además de ser la esposa o compañera (koinonós) y por tanto la reina consorte de Jesús, también estaba embarazada, lo que supondría una continuidad del heredero con derecho al trono de Palestina y por tanto, fuente de mayores conflictos para el procurador romano, así como para el tetrarca de Judea, Herodes Antipas.

Cinco años después de la crucifixión de Jesús, es decir, en el 38 d.C., se producía la conversión al cristianismo de Saulo de Tarso, un fanático y líder religioso hijo de hebreos y que, gracias a haber nacido en Tarso (en la región de Cilicia, situada en la costa sur de la antigua Asia Menor y actual Turquía), disfrutaba de la ciudadanía romana, al igual que su progenitor, lo que le otorgaba una serie de privilegios que no obtendría como simple judío. Su padre, además, le procuró una educación judía bajo la estricta doctrina de los fariseos, lo que le llevó a ser uno de los mayores enemigos y perseguidores de los nazaritas o nazareos (secta judía a la que pertenecía Jesús), debido al odio que les llegó a profesar al no compartir la doctrina y no tolerar los sermones nazaritas cuando predicaban en el templo.

Fue durante una de estas persecuciones a los nazareos y en el camino que llevaba a la ciudad de Damasco, que Saulo dice tener una aparición de Jesús, la cual le hace caer de su caballo (hacía cinco años que Jesús había muerto en la cruz) y a pesar de no haberlo conocido en persona, dice reconocerlo y ser reprendido por Jesús al preguntarle: "Saulo…Saulo, ¿por qué me persigues?". La respuesta de Saulo, a la vez, es muy esclarecedora: "Venciste nazareno".

La palabra nazareno con que Saulo se refiere a Jesús, indica claramente la pertenencia de Jesús a dicha comunidad judía, puesto que él era un fanático religioso fariseo, que hasta entonces sentía odio por los nazareos o nazaritas.

Aquella aparición hizo que Saulo dejase de perseguir a los judíos nazareos, convirtiéndose en uno de los apóstoles más influyentes que después predicarían la venida del Mesías prometido, como la única esperanza y salvación para el hombre, a través de la muerte y resurrección de Jesús, tal como ya había acontecido. Pero para los judíos nazareos, el Mesías prometido, significaba ser el Ungido (el que ha recibido los óleos santos en reconocimiento a su ascendencia sacerdotal y real), el Mesías salvador. Jesús había sido ungido, había muerto en la cruz y había resucitado. Para los nazareos no había duda alguna que Jesús era el Mesías Salvador que los libraría del yugo romano. En cambio, para Saulo, quien a partir de entonces pasaría a llamarse Paulo (San Pablo), la salvación ya se había producido con la muerte y resurrección de Jesús, por lo que el discurso de quien luego sería San Pablo, se diferenciaba del de los otros apóstoles de corte gnóstico, sobre todo, en que la nueva doctrina, el nuevo mensaje consagrado, al que él mismo llamó en griego " Kristos", estaba destinado a todo aquél hombre, rico o pobre, judío o gentil que quisiera aceptarla, diferenciando a un Jesús humano de este nuevo ser al que San Pablo llamó "el Cristo". Esta distinción, así como un discurso diferente al que hasta entonces habían mantenido los apóstoles y seguidores de Jesús, iba a marcar una gran diferencia y distanciamiento. Así fue como a los creyentes en esta nueva doctrina se les empezó a conocer con el nombre de "cristianos". Estos hechos, han permitido ver a San Pablo como el verdadero fundador de lo que hoy conocemos como cristianismo y por tanto, de la Iglesia Católica.
Debido a los diferentes criterios y conceptos expuestos, entre los discípulos y seguidores de Jesús, se producen las primeras discrepancias, como pueden observarse a través de los escritos contenidos en la Biblia y denominados: "Hechos de los Apóstoles" así como en la "Primera carta de Pablo a los corintios" (1- facciones en la comunidad cristiana -1,10-4,21), pero estas diferencias entre los apóstoles y seguidores de Jesús, aún no iban a tener la trascendencia que tiempo después alcanzarían entre los sucesores de los mismos. 


SECTAS CRISTIANAS

Es a partir de la creación de lo que se viene a llamar cristianismo, que se empiezan a producir los primeros enfrentamientos entre las diferentes sectas "cristianas" o seguidores de Jesús el nazarita: por un lado, el inicio de la organización de las diócesis y patriarcados, de las provincias eclesiásticas y de las parroquias. Y por el otro, la difusión del gnosticismo llegaría a su mayor auge.

Esta situación propiciaría el enfrentamiento que ya separaría por siempre a los cristianos paulinos o seguidores de San Pablo, de los cristianos de corte gnóstico, quienes posteriormente serían identificados por la Iglesia Católica con el apelativo de herejes.

Alrededor de mediados del siglo II (aproximadamente en el año 140 d.C.) surgen las primeras diócesis y patriarcados de la Iglesia Católica, a la vez que los primeros cristianos desean conocer más detalles sobre la vida de Jesús, motivando la aparición de diversidad de relatos que, aún cuando algunos de ellos fuesen meras leyendas, la mayoría de ellos hacían clara referencia a las tendencias gnósticas.

Para comprender el motivo que llevó a los cristianos paulinos a rechazar todo escrito o evangelio de corte gnóstico, tendremos que hacer un pequeño repaso por la historia de los siglos I y II y en concreto en lo referente a la "doctrina gnóstica".

Los gnósticos son llamados así en referencia a la palabra griega gnosis, cuyo significado sería "conocimiento". Este conocimiento estaría reservado a iniciados, tal como podemos ver en el evangelio gnóstico de Valentino, un brillante intelectual y teólogo de Roma, quien en los años 140 al 150 d.C. a través de su "Evangelio de Valentino", expuso una singular concepción del mundo material, así como del ser humano en su evolución hacía el camino de la verdadera iluminación y salvación. Esencialmente los gnósticos creían en una deidad dual, representada en dos realidades separadas. La primera, se refería al Ser Supremo del mundo de luz espiritual, trascendental e indefinible, al que también identificaban como el Inefable. La otra realidad, aludía al mundo de lo material y la oscuridad en la ignorancia, donde los seres humanos llevan a cabo su existencia material. Sería a través de la gnosis - el conocimiento - que el ser humano lograría liberarse de los apegos del mundo material, para acceder así al mundo de la luz y la espiritualidad.

Para los gnósticos, la figura de Jesús no representaba al Dios hecho hombre, que llega a sacrificarse muriendo en la cruz, resucitando después, para redimir del pecado a todos los seres humanos, tal como afirmaba la doctrina Paulina, sino que ven en Jesús a un ser excepcional, que lo hacía un hombre espiritual, quien fue dotado de un cuerpo formado con sustancia psíquica, si bien podría ser visto o palpado por los demás, así como sentir el sufrimiento, aunque se libraría de morir, ya que su cuerpo no necesitaría tomar nada de la materia, de la cual nada podría salvar, y quien se presenta como el revelador y portador del conocimiento (gnosis) que les indicará el camino de la salvación a través del espíritu.

Debido al gran auge que el gnosticismo fue adquiriendo en esos momentos, muchos otros prelados eclesiásticos, vieron en estos otros cristianos de corte gnóstico un real peligro para La Iglesia, lo que provocó duros enfrentamientos entre cristianos de una u otra tendencia y que concluyó años más tarde en la persecución de los que serían llamados herejes.

Una prueba de lo anteriormente expuesto, lo encontraremos en los escritos del obispo San Ireneo de Lyon (189 d.C.), en el tratado "contra las herejías", cuyas ideas influirían con mucha fuerza en la elección de los Evangelios que más tarde (Concilio de Nicea en el 325 d.C.) serían reconocidos como "inspirados por Dios", es decir, los cuatro Evangelios Canónicos: Marcos, Mateo; Lucas y Juan; al recomendar su exclusiva lectura, así como rechazar y destruir personalmente otros evangelios de corte gnóstico o apócrifos, como el célebre Evangelio de Judas, del que únicamente se tenían noticias de su existencia, gracias a la referencia que del mismo hace Ireneo de Lyon en su tratado, y el cual no fue descubierto hasta 1978 d.C. por unos campesinos de la localidad de El Minya, en Egipto.

El peligro real del gnosticismo en los siglos I al III, para la Iglesia Católica, ha sido incluso confirmado por el actual Papa Benedicto XVI, quien en una entrevista concedida a Meter Seewald, cuando aún era el Cardenal Ratzinger, y a la pregunta de si la crisis actual de la Iglesia constituye el mayor desafío que ésta ha tenido que afrontar desde sus inicios, el entonces Cardenal Ratzinger, responde que: "El gnosticismo fue, en efecto, uno de los grandes retos que se hubo de afrontar, ya que originaba una progresiva y lenta deformación en el interior de la Iglesia y en el culto, con la creencia en otras ideologías, mitos e imágenes, que progresivamente fueron debilitando la fuerza de toda la Iglesia sin que apenas se notara...".

Como es sabido, el movimiento gnóstico terminó practicándose en la clandestinidad durante varios siglos y la mayoría de los escritos fueron perseguidos y destruidos.

Las doctrinas cristianas consideradas heréticas por la Iglesia Paulina fueron en aumento, y ya no se trataba solamente de la gnosis implícita en los primeros evangelios apócrifos, aceptada cada vez más por una gran mayoría de creyentes y seguidores, sino que las discrepancias existentes entre las diferentes doctrinas cristianas, se debían en su mayor parte, a matices de distinta interpretación de los textos sagrados.

Así tendríamos que entre las primeras doctrinas cristianas consideradas heréticas y que emergen entre el II y III siglo d.C., aparecen como las más representativas las conocidas con los nombres de: Milenarismo, Montanismo y Monarquianismo.

El Milenarismo se consideraba una doctrina cristiana, calificada como herética por la iglesia Paulina, según la cual, Jesucristo, volvería a la Tierra en una segunda venida y cuyo reinado duraría mil años, antes de que se produjese el combate final contra el Mal, donde el Diablo sería condenando a no tener potestad alguna sobre la Humanidad por toda la eternidad. En dicho tiempo se produciría el Juicio Final.

Esta doctrina milenarista se mantuvo durante varios siglos y aún hoy día podemos observar como existen diversos grupos (iglesias evangélicas fundamentalistas) o sectas religiosas cristianas que, de alguna manera, siguen creyendo en el Juicio Final y los signos de los últimos tiempos de los que se hablan en el Apocalipsis de San Juan, de una manera similar a como lo entendían los milenaristas, existiendo diversidad de personajes que se presentan como profetas que anuncian el final de los tiempos y la nueva llegada de Jesucristo como el Salvador de la Humanidad.

Otra figura que aparece en el Apocalipsis de San Juan y a la que aún hoy día se le ha intentado identificar con determinados personajes de cierta relevancia a nivel mundial, es la alusión que se hace al falso Mesías, a quien también se le identifica como el Anticristo.

Durante toda la historia del Cristianismo, diferentes escritores eclesiásticos, han intentado identificar al Anticristo con determinados gobernantes o incluso papas, como fue el caso del emperador romano Nerón, a quien inicialmente se le suponía iba dirigido el calificativo, o en las manifestaciones que hiciera Martín Lutero, reformador religioso alemán, en cuyas enseñanzas se inspiró la Reforma Protestante, y quien identificó a la figura del Papa con el Anticristo.

La doctrina del milenarismo produjo que, en la época correspondiente a la Edad Media y Edad Moderna, apareciesen gran cantidad de "profetas", sobre todo frailes, quienes anticipaban la nueva llegada de Cristo de acuerdo al Apocalipsis de San Juan. Entre las profecías más impactantes y que aún hoy día son objeto de estudio y análisis, tenemos las Profecías de San Malaquias, unos textos publicados en 1.595, si bien fueron escritos durante el siglo XII, por el que fuese arzobispo católico de Irlanda, San Malaquías, quien además, fuera íntimo amigo de San Bernardo de Claravall, el fundador de la Orden del Cister y promotor de la Orden de los Caballeros Templarios. De estas profecías, la más famosa es la conocida como Profecía de los Papas, sobre todo por su carácter apocalíptico, ya que fija la fecha en que debería producirse el fin del mundo, mediante una larga lista de 111 papas (incluidos los llamados antipapas), cuyos nombres son identificados a través de alusiones alegóricas, frases o lemas con los que son reconocidos y que van desde el Papa Celestino II (1143 - 1144), hasta el que sería el supuesto último Papa, y al que identifica con el nombre de "Pedro el romano" y que algunos sugieren pueda tratarse del Papa siguiente al que actualmente ocupa la silla de San Pedro, Benedicto XVI.

Pero la facultad de profetizar no iba a limitarse solamente a los creyentes milenaristas. Así, coetáneamente a éstos, apareció el movimiento conocido como montanismo, un movimiento cristiano considerado herético por la Iglesia Paulina, fundado en el Asía Menor, en la región de Frigia (actualmente en Turquía) durante el siglo II por el autoproclamado profeta Montano, un ex sacerdote de la diosa Cibeles, convertido al cristianismo, quien con la colaboración de dos profetizas, llamadas Maximila y Priscila (quienes abandonaron a sus respectivos esposos para unirse a Montano), anuncia el inicio de una nueva era en la Iglesia Cristiana, a la que denomina "Era del Espíritu", por estar auto-convencido de que ha sido elegido y enviado directamente por el Espíritu Santo.

Los montanistas anunciaban una segunda venida de Cristo de forma inminente, por lo que un alejamiento del estado de gracia, al producirse un pecado mortal, no podría ser redimido. Entre las particularidades más extremas de dicho movimiento religioso, estaban las de rechazar las segundas nupcias, ya que consideraban que el segundo matrimonio ya no era un sacramento, sino otra oportunidad de obtener placer; imponer la práctica del ascetismo y lo que resultaba más extremo: no eludir en ningún caso la persecución de que eran objeto por entonces los cristianos, por parte de los romanos, aceptando de buen grado el martirio.

Esta situación de persecución por parte del Imperio Romano contra los cristianos, provocó que el movimiento montanista ganase adeptos entregados sobre todo a la anunciada segunda venida de Cristo y final de los tiempos, por lo que desechaban todo lo mundano. Dos años después de la muerte de Montano, alrededor del año 177 d.C., la jerarquía de la Iglesia Paulina, viendo el gran potencial de adhesiones que estaba obteniendo el montanismo, excomulgó a todos los miembros de dicho movimiento, pasando a ser una secta cristiana separatista de la Iglesia Paulina. A pesar de ser un movimiento que alcanzó gran influencia, en el siglo VI se extinguió por completo.

El monarquianismo sería la doctrina cristiana considerada también herética por la Iglesia Paulina que se oponía al dogma de la Trinidad, ya que no reconocía más que a una única persona en Dios, considerando que Jesús era un ser humano, aunque emanado del Dios Padre, lo que justificaría y haría aceptable su nacimiento sobrenatural de la Virgen María.

Dentro del monarquianismo o monarquismo, coexistían tres variantes:

- Los modalistas, quienes creían que la Trinidad formada por el Padre, Hijo y Espíritu Santo, en realidad era la manifestación de Dios como una única realidad divina, por lo que Jesucristo pasaría a ser otra entidad enviada por Dios ( encarnación del Logos divino) para transmitir su mensaje.

- Los patripasianos, quienes afirmaban que era el mismo Dios Padre el que se encarna, sufre y padece en la cruz.

- Los adopcionistas, quienes afirmaban que Jesús era un hombre, un ser humano normal quien sólo recibió el Espíritu Divino, y por tanto, elevado a una dignidad similar a la de Dios, una vez que resucitó y ascendió a los cielos.

Además de las herejías ya mencionadas, así como otras que abordaremos más delante de forma separada, en el siglo III se iba a producir otro tipo de confrontación; en este caso, nos referiremos a las escisiones o cismas producidos dentro de la misma Iglesia, debidos en su mayor parte a un desacuerdo en el rigor y las aplicaciones de las penitencias.


EDICTO CONTRA LOS MANIQUEOS Y PERSECUCIÓN DE LOS CRISTIANOS

La situación de agitación política, así como las convulsiones que se estaban produciendo en el Imperio Romano, iban a acarrear graves consecuencias para el mundo cristiano. Es por ello que, en el año 297 d.C., el emperador Diocleciano , quien había accedido al poder en el año 284 d.C., promulga un edicto contra el maniqueismo , una nueva doctrina gnóstica, fundada por Mani , que estaba tomando gran auge y a la que el emperador Diocleciano ve como un peligro para la estabilidad del Imperio Romano, ya que, lo novedoso en cuestión de religión no estaba bien aceptado por los romanos, tal como justificaría Diocleciano en su Edicto contra los maniqueos, por ser "religio nova et inopinata" y sobre todo, porque provenía de Persia, el país enemigo "de Persica adversaria nobis gente progressa", lo que sin duda representaba una de las principales causas al decir: "surgió de nuestra enemiga, la nación Persa, por lo que es de esperar que sus sectarios hagan todo lo posible por corromper, con sus abominables costumbres e infames leyes, la natural inocencia y prudencia de la nación romana", además de que, para Diocleciano, se trataría de una cuestión totalmente política, ya que, tal como afirmó, cualquier novedad en materia religiosa, representaría una subversión del orden establecido, sin tener en consideración las diferencias doctrinales que pudiesen existir entre las diversas religiones o sectas cristianas.
Busto de Diocleciano


Las penas que se aplicaron fueron muy duras, sobre todo a los máximos representantes y seguidores más cercanos, llegando a imponérseles la decapitación y a morir quemados en la hoguera.

Los maniqueos eran dualistas, tal como indicaba la doctrina gnóstica, creyendo que el espíritu existente en el hombre pertenecía a Dios, mientras que el cuerpo físico pertenecía al demonio, por lo que dicha situación provocaría una eterna lucha entre los dos principios que se oponen, el bien y el mal, y que eran asociados a la luz, en el caso del bien, (identificado también con el nombre del dios persa Ormuz) o a las tinieblas, en el caso del mal, (identificado en este caso con el dios del mal, Ahrimán). Por tanto, según la doctrina del maniqueismo, Dios era el creador de todo lo bueno y Satanás sería el creador de todo mal.

Esta convicción, llevaba a los maniqueos a creer que el espíritu del hombre se encontraba prisionero del cuerpo físico o material, por lo que estaban convencidos que sería necesaria la práctica de un estricto ascetismo, con el fin de conseguir la liberación del espíritu atrapado en el cuerpo físico o material. A tal efecto, despreciaban todo lo mundano, incluyendo el cuerpo físico o material del hombre. Mani basaba su nueva doctrina, en la creencia de que la salvación podía lograrse mediante la educación, la negación de uno mismo, el ayuno, el vegetarianismo y la castidad.

Los maniqueos se distinguían entre "oyentes" (los adeptos más próximos) y los "elegidos" (el grado superior). Creían en la reencarnación, y esta se produciría de forma sucesiva hasta que el "oyente" se reencarnase como "elegido", momento en que ya no sería necesario volver a reencarnar.

Para los maniqueos, Jesús era el hijo de Dios y a diferencia del dogma de la Iglesia Católica, él había venido a la Tierra para salvar su propia alma, ya que tanto Jesús, como Buda y otras muchas figuras religiosas, habían sido enviados a la Tierra para ayudar a la humanidad en su liberación espiritual. La doctrina dualista y la no aceptación de Jesús como Dios hecho hombre, sería la mayor herejía por la que la Iglesia Católica condenaría al maniqueismo.

Busto del emperador Constantino I El Grande

Pero Diocleciano no iba a contentarse solamente con la condena y persecución de los maniqueos, por lo que seis años después, el 23 de febrero de 303 d.C., lanza el primero de una serie de edictos y disposiciones contra los cristianos, en el que se ordena la clausura de la totalidad de las Iglesias cristianas y la confiscación de los libros sagrados, así como de los cementerios cristianos y demás propiedades. A partir de ese momento, daría comienzo la que iba a suponer la última y una de las mayores y más crueles persecuciones cristianas llevada a cabo por Roma.

Durante el transcurso de todo el año de 303, las penas fueron cada vez más duras, si bien, Diocleciano, aún no había contemplado la pena capital para los cristianos. Es a partir del siguiente año, en la primavera del 304 d.C. cuando Diocleciano, emite un cuarto y último edicto por el que los cristianos son obligados a realizar públicamente un sacrificio y ofrenda a las divinidades romanas, mediante una libación (ofrecer vino o aceites a los dioses romanos, vertiéndolo sobre el altar) bajo pena de muerte para quien no lo hiciere. De esta manera, Diocleciano, convertía un tema religioso, en un asunto político y de estado, con lo que le resultaba más fácil justificar la persecución cristiana, ya que en la época en que se llevó a cabo, la religión cristiana ya estaba muy extendida y aceptada entre los romanos, así como entre familias muy influyentes.

EDICTO DE MILÁN

Una década después de la cruenta persecución de que fueron objetos los cristianos por parte de Diocleciano, llegaría lo que se vino a llamar la Paz de la Iglesia, un periodo en el que, el propio emperador romano, y que no era otro que Constantino I el Grande , iba a oficializar al cristianismo. Veamos como ocurrió.

La renuncia de Diocleciano en el 305 d.C. del cargo de augusto de Oriente, tal como había sido establecido en la tetrarquía, una vez cumplidos los 20 años de mandato, obligaba también a que renunciase al cargo el otro augusto de Occidente, Maximino.

Cuando ambos abdicaron, les sucedieron al trono los dos cesares que habían sido nombrados a tal efecto, por lo que Diocleciano fue sucedido por el cesar Galerio y a Maximino le sucedió Constancio Cloro en el Imperio de Occidente. No obstante, Constancio falleció al cabo de un año (julio del 306) debido a una enfermedad que contrajo durante una expedición contra los pictos en Caledonia (actual Escocia), por lo que le sucedió en el cargo su hijo Constantino, al ser aclamado por las tropas leales a su padre como augusto (emperador), en vez de sucederle el cesar Severo II, tal como había sido dispuesto por los emperadores. A partir de ese momento y durante 18 años, Constantino, se enzarzó en diferentes batallas, con el fin de consolidar, por un lado, su posición de co-emperador junto a Galerio, y más tarde, luchando por conseguir la jerarquía única de un Imperio Romano reunificado. Fue así como, en el año 312 d.C., en la célebre batalla del puente Milvio, se impone a Majencio, (el cesar que había usurpado el trono a Severo II, después de varias conspiraciones) haciéndose con el control de Roma. Ya sólo le faltaba obtener el control de la otra mitad del Imperio, la que estaba bajo el mando de Licinio, y que conseguiría por fin en el año 323 d.C. en la batalla de Adrianópolis. Ya desde ese momento, hasta el día de su muerte, producida el 22 de mayo de 337 d.C. en Ancycrona (actual Turquía), Constantino, ejercería como único emperador.

En junio del año 313 d.C. los emperadores de Oriente y Occidente, Licinio y Constantino, se reúnen en Milán y acuerdan promulgar un edicto, al que se conoce como Edicto de Milán o La tolerancia del cristianismo. En dicho edicto, se establece la libertad de religión en el Imperio Romano, por lo que se da por finalizadas las persecuciones que hasta entonces se habían producido contra los cristianos u otras sectas religiosas.

El edicto de Milán supondría por fin el reconocimiento oficial del cristianismo, permitiendo la expansión de la que posteriormente vendría a llamarse Iglesia Católica, a la que devolvió todas las propiedades confiscadas durante la persecución y que habían sido vendidas a particulares, lo que iba a producir, además, profundos cambios en el seno del Imperio Romano. Las copias de las constituciones imperiales de Constantino y Licinio, traducidas del latín al griego dicen:

"Habiendo advertido hace ya mucho tiempo que no debe ser cohibida la libertad de religión, sino que ha de permitirse al arbitrio y libertad de cada cual se ejercite en las cosas divinas conforme al parecer de su alma, hemos sancionado que, tanto todos los demás, cuanto los cristianos, conserven la fe y observancia de su secta y religión..." "...que a los cristianos y a todos los demás se conceda libre facultad de seguir la religión que a bien tengan; a fin de que quienquiera que fuere el numen divino y celestial pueda ser propicio a nosotros y a todos los que viven bajo nuestro imperio. Así, pues, hemos promulgado con saludable y rectísimo criterio esta nuestra voluntad, para que a ninguno se niegue en absoluto la licencia de seguir o elegir la observancia y religión cristiana. Antes bien sea lícito a cada uno dedicar su alma a aquella religión que estimare convenirle".